Solo llevaba cinco minutos corriendo y ya me faltaba el aire.
Aun así seguí, hoy tocaban diez o más.
A dos minutos de los diez el cuerpo me empezó a fallar.
Comencé a tener nauseas, tenía visión doble y me tambaleaba.
Mi cuerpo me pedía un descanso urgente.
Pero para mí aun no era suficiente, quería más.
Lo que ayer casi no aceleró mis pulsaciones, hoy me estaba matando.
Me veo obligada a parar cuando tropiezo con una farola de la que no me percato.
Estiro, e intento recuperar el aliento.
Cuando ya casi lo he recuperado, tomo conciencia de las vueltas que he dado.
Me doy cuenta, había triplicado mi velocidad respecto a la de los días anteriores.
Y lo entendí.
El porqué casi desfallecida aun no estaba satisfecha.
No era yo la que corría, era mi odio...

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